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domingo, 10 de abril de 2016

Metatrono



La cinta era de cromo, de esas con las que hemos escuchado música toda la vida; la encontré en un baratillo de domingo y pagué por ella un euro. Venía sin cubierta ni carátula, sólo podía adivinar su contenido por la etiqueta: "Metatrono". Intrigado llegué a casa y la puse en la pletina del viejo equipo de mi padre. Tardé unos minutos en apretar el botón de "play".
Una espantosa semántica colapsó en mi ser y abrió en mí un umbral hacia espacios metafísicos, en los que pude contemplar el trono vació de Dios, gargantuesco e imposible; sobre él había ángeles que lloraban, sonreían ebrios y copulaban por  la ausencia del creador.  Entonces supe que el Trono siempre había estado vacío, y la potencia de la voz que me atormentaba era muestra de un poder que me odiaba, a mí y a todo lo divino y humano. Comprendí que si había un ente supremo, estaba loco o era radicalmente ajeno a la humanidad. Ensimismado, encerrado en su puro acto de ser, nada tenía que ver con los azares de la miserable humanidad.
La voz “Metatrono” cesó, la pletina se detuvo súbita y el gato maulló, sibilino, cruel y profundamente enigmático…

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