La
cinta era de cromo, de esas con las que hemos escuchado música toda la vida; la
encontré en un baratillo de domingo y pagué por ella un euro. Venía sin
cubierta ni carátula, sólo podía adivinar su contenido por la etiqueta:
"Metatrono". Intrigado llegué a casa y la puse en la pletina del
viejo equipo de mi padre. Tardé unos minutos en apretar el botón de "play".
Una
espantosa semántica colapsó en mi ser y abrió en mí un umbral hacia espacios
metafísicos, en los que pude contemplar el trono vació de Dios, gargantuesco e
imposible; sobre él había ángeles que lloraban, sonreían ebrios y copulaban
por la ausencia del creador. Entonces supe que el Trono siempre había
estado vacío, y la potencia de la voz que me atormentaba era muestra de un
poder que me odiaba, a mí y a todo lo divino y humano. Comprendí que si había
un ente supremo, estaba loco o era radicalmente ajeno a la humanidad.
Ensimismado, encerrado en su puro acto de ser, nada tenía que ver con los
azares de la miserable humanidad.
La
voz “Metatrono” cesó, la pletina se detuvo súbita y el gato maulló, sibilino,
cruel y profundamente enigmático…
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