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domingo, 10 de abril de 2016

Metatrono



La cinta era de cromo, de esas con las que hemos escuchado música toda la vida; la encontré en un baratillo de domingo y pagué por ella un euro. Venía sin cubierta ni carátula, sólo podía adivinar su contenido por la etiqueta: "Metatrono". Intrigado llegué a casa y la puse en la pletina del viejo equipo de mi padre. Tardé unos minutos en apretar el botón de "play".
Una espantosa semántica colapsó en mi ser y abrió en mí un umbral hacia espacios metafísicos, en los que pude contemplar el trono vació de Dios, gargantuesco e imposible; sobre él había ángeles que lloraban, sonreían ebrios y copulaban por  la ausencia del creador.  Entonces supe que el Trono siempre había estado vacío, y la potencia de la voz que me atormentaba era muestra de un poder que me odiaba, a mí y a todo lo divino y humano. Comprendí que si había un ente supremo, estaba loco o era radicalmente ajeno a la humanidad. Ensimismado, encerrado en su puro acto de ser, nada tenía que ver con los azares de la miserable humanidad.
La voz “Metatrono” cesó, la pletina se detuvo súbita y el gato maulló, sibilino, cruel y profundamente enigmático…

Pantóvoro.



Sobre el cielo un sudario de muerte, la Tierra estaba condenada. Aquello había venido desde la pura abstracción y se había hecho materia, muy cabreada y hambrienta, al conocer que había algo más que su mismidad. A los primeros en venir antes de Él, el misticismo judío los llama “sephirots” y la filosofía árabe los describe como una procesión de inteligencias, emanaciones sutiles movidas las unas por las otras en una relación de atracción que culmina en Dios. Son éstos ángeles, pensamientos puros que, en la consciencia de sí, hacen inteligible el mundo.
Primero cayeron los grados inferiores, uno a uno, sobre el mar y los bosques del Japón y tanto la geometría como la aritmética ya no nos fueron nunca más comprensibles. Para cuando la última Esfera, la del Trono, se había cernido sobre el Sistema Solar, el ser humano ya había dejado por completo de conceptuar, perdido en la infinitud del múltiple darse del fenómeno; sin conceptos empíricos, sin categorías, sin la acción del intelecto que limita y actualiza en formas la materia, el pensamiento se había hecho indistinto del Mundo entero. Dios era ya sólo un vacío imposible, un puro acto de desear engullirlo todo, un pantóvoro.