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domingo, 1 de febrero de 2015

La espina sin fin, una fantasía mítico-filosófica sobre el tiempo y el destiempo.


        

Lo eruditos de la antigüedad adscriben a Hesíodo la Cronomaquia, un texto en dialecto jonio que narra la batalla entre Cronos, el tiempo que va desde la vida a la muerte, el de la acción que acaba imperfecta y no plena y Aión, el tiempo enloquecido que irrumpe sin medida como una eternidad, que rompe el principio y el fin, que posibilita los ciclos de la siembra y la recolección, de las mareas y las fases de la luna: la infinidad entre el antes y el después que se propone como la medida del Tiempo.   

           Algunos especialistas del romanticismo creían haber llegado a la conclusión de que esta Cronomaquia podía haber sido una sección apócrifa de la misma Teogonía, escrita por algún poeta posterior a Hesíodo que pretendía hacerse pasar por él para que su texto pasara a los anales de la historia de la literatura. Otros estudiosos, en mayor medida místicos exaltados, sostienen que la obra estaba ya grabada en la hoja imposible de Ereignis, y que el texto que ha llegado hasta nosotros no es más que la transcripción de un dios, o tal vez un hombre, que pudo contemplar con sentido el darse incesante del arma y que, por ello, ya fuera dios u hombre, terminó por enloquecer.

          Sea ésta o no la verdad, me he permitido volcar el original, escrito en una mezcla artificial de jonio y eólico tan propio del estilo de la época, a nuestro español contemporáneo de una manera algo más accesible al lector medio y, tal vez por ello, se haya hecho mi labor en exceso intempestiva. Intempestiva como es la naturaleza de la espada y su historia:

          "Dicen que Ereignis perteneció al crónida Kairós; era ésta un arma terrible, de filo infinitesimal y de longitud eterna. Quien la portaba desenvainada atravesaba con su hoja la totalidad del universo entero. Blandirla suponía la amenaza de la irrupción de un tiempo nuevo para la totalidad del ser; sólo cortar el aire con ella traía esa promesa a la existencia. Atestiguan quienes la contemplaron en el puño del crónida que la espada brotaba de él, acaecía siempre como luz en estado naciente, como el comienzo aún no blanco de un destello.

           Kairós fué interpelado por su padre Cronos para que intercediera en la contienda con su tío Aión. El mundo debía ser irrepetible para Cronos y el movimiento lanzarse hacia estasis sin retorno: siempre otro, siempre adelante, siempre imperfecto, truncar la vida por el desfallecer y la muerte, completar la acción por su término; sin embargo, el Aión insistía en la permanencia de la acción que no acaba, que siempre será de nuevo en un eterno retornar: el tiempo del dar razones sobre algo, el momento de alcanzar el gobierno perfecto, la acción que no acaba en su cumplimiento porque es un fin en sí misma: amar por amar, crear por crear, pensar por pensar, nunca terminan.

          Kairós debería decidir entre un mundo regido por el tiempo del reloj, de la clepsidra, de la producción de los vulgares humanos y sus asuntos terrenales o el tiempo sin tiempo, eterno, de lo que es siempre presente, de lo que no es útil, de lo que no sirve para nada, mediante el que no se realizan planes de futuro ni se gestionan grandes empresas de reyes y sabios. El crónida juzgó que ambos por separado eran imposibles; la dicotomía hacía invivibles las vidas de dioses y mortales; no obstante sabía que la contienda acabaría con alguno de los dos como triunfador.

          Por esa razón Kairós, como el dios del tiempo propicio que era, urdió un plan para mantener el necesario antagonismo entre ambos hermanos. El vástago de Cronos reunió algunos fragmentos fracturados por el tiempo, su padre, de la unidad del Ser, de aquella época pretérita en la que su abuelo Urano y su madre Gea copulaban sin cesar en una unión sin cambio ni medida. Aquellas lascas fueron forjadas por Hefesto en la fragua del Sol para formar una espada sin precedentes, que ningún dios o semidiós pudiera jamás haber portado. Una vez fraguada se dejó enfriar en las profundidades del mar primordial Océano para, más tarde, ser hundida en el negro corazón del Tártaro, tan lejano bajo el Hades como sobre éste lo está el Cielo. Allí, al amparo de los titanes, las erinias y los cíclopes, recibió la habilidad de albergar el alma robada de cualquier dios, semidiós o mortal al que hiriese.

          Fue por Hermes, el de los pies ligeros, como el arma definitiva, siempre envainada, pudo llegar a todos aquellos rincones extremos y regresar de ellos al cinto de Kairós. Pero el crónida mayor, Zeus, al atestiguar tanto ajetreo entre dioses, comenzó a sospechar sobre la creación de un arma terrible para derrocarlo, de manera que liberó a uno de los hecatónquiros del bajo Tártaro, y le encomendó la búsqueda y destrucción de la espada y su portador. De cien brazos y cincuenta cabezas que miraban en todas las direcciones, el teratoforme Birareo escudriñó todos los reinos de los hombres y los dioses hasta dar con el incipiente brillo de la Ereignis, en esa ocasión tragicamente desenvainada.

          Había sido el momento en el que Kairós, el oportuno, había hendido la tres veces divina hoja en el corazón del dios Aión para, así, transferirlo al interior del arma y dotarla de su poder. Una vez aniquilado el dios del devenir loco, Kairós hubo de hacer frente al monstruo y agitó una vez más la espada definitiva, de manera que fueron cortadas la mitad de las cabezas y los brazos gigantescos del vástago de Urano. Los miembros al caer crearon gran estruendo sobre el mar y formaron lo que hoy es el archipiélago de las islas Cícladas. Al hacer uso de nuevo de la hoja, matadora del tiempo sin tiempo, ya imbuida del aspecto de Aión, Kairós instauró una nueva medida del tiempo y abrió una nueva edad, la del hierro, en la que los héroes ya no son posibles y los dioses se valen de los mortales, caídos estos en la iniquidad y la desesperación, para sus propios propósitos y abusos.

          Pero el hecantónquiro, pese a perder veinticinco cabezas y cincuenta brazos, aún no estaba derrotado, de manera que asió con cincuenta manos el cuerpo del divino crónida y le arrebató la espada para, acto seguido, clavarla desde la cabeza hasta el ano e imbuirla de su aspecto deífico.

          Poderoso se sentía el monstruoso Birareo con su botín, tanto que se lo quiso hacer saber con sangre a su patrón el crónida mayor, el cual ya había advertido el tránsito hacia una nueva edad con temor. Supo del resultado de la batalla y de las intenciones del medio hecatónquiro y, en un acto desesperado pero no obstante meditado, desencadenó a su padre el titán Cronos, al que había engañado en tiempos pretéritos para que dejara de devorar a sus hermanos dioses. Cronos, al conocer la muerte de su hijo y su hermano a manos del también uránido Birareo, se enfrentó a la criatura armada con el poder de la Ereignis; pero tan poderosa era ya el arma que aquél también terminó habitando la hoja al ser herido y ésta quedó tres veces impregnada del icor divino de tres aspectos del tiempo: Cronos, Aión y Kairós.

          Al haber sido cimbreada de nuevo la Ereignis, el medio hecatónquiro abrió paso a una nueva edad, en la que ya ni los dioses, ni los titanes; ni los monstruos ni los héroes existían: la edad del Barro, en la que el hombre se había liberado de la presencia de lo divino y lo sagrado en la vida cotidiana, y había terminado por hacerse la ilusión de que él mismo era el dios que regía, en libertad, su propio destino sin saber que, la hoja tres veces divina, no había acabado con los Hados, cuyo poder había estado incluso por encima de dioses primordiales. Los Hados, que rigen de modo velado la manera en la que el tiempo de hombres, planetas y estrellas acaece; para unos cambiante, para los otros eterno en el firmamento. Muchos buscan en nuestros días la espada para hacer brotar un tiempo en el que lo sagrado regrese, pase a ocultarse en su donación y haga al hombre, ahíto de hybris, volver propiciamente de nuevo a ser con lo divino, tal era el plan del oportuno Kairós desde un principio, uno que aún no ha acabado."



          Así termina la Cronomaquia, como final apropiado de los dioses y comienzo del mundo de los mortales, pero con un profundo anhelo por el espacio de lo sagrado. Advertirá el lector avezado que el estilo del texto difiere con mucho de la Teogonía. No entraremos en materia de erudición, sólo insinuaré que podría tratase de un fragmento final apócrifo, como he mostrado al principio; pero también podría tratarse de un añadido del propio autor en época más tardía, en la que el estilo y los intereses filosóficos hubieran tomado otro rumbo. Tampoco haré referencias a las incongruencias del linaje de los dioses, que en la mitología griega estándar proponen a Kairós como hijo de Zeus y nieto de Cronos; no como en el texto que acabamos de leer, en el que Kairós aparece en tanto que hijo de Cronos y hermano de Zeus. Pero lo más inquietante es el término usado para nombrar a la espada "Ereignis" que, de ninguna manera pertenece a los diferentes dialectos de la lengua griega del momento en que fue escrito; de hecho el término es, tanto en su forma como en su sentido, muy probablemente alemán. Podrán ustedes pensar que esto invalida el origen y la autoría de la obra de manera categórica y que se trata de un texto contemporáneo que bien podría haber escrito yo mismo. Si así fuera, créanme, no habría sido tan estúpido como para hacer pasar la voz de una lengua contemporánea por la de un dialecto, el jonio, de más de dos mil setecientos años. El origen del texto es incierto, algunos eruditos comentan que fue uno de aquellos que se salvaron de alguna de las quemas de la biblioteca de Alejandría y que el mundo latino conservo copiándolo para nobles y entusiastas de la época arcaica: más tarde sería traducido al árabe clásico y al hebreo, copias estas que sobrevivieron hasta nuestro tiempo mejor que las escritas en jonio-eólico, el dialecto que por imitiación a la obra de Homero se usaba en la epopeya. Se cree que a mediados del XIX en la universidad de Basilea se encontraba un original bizantino al que sólo los catedráticos podían tener acceso, por alguna extraña razón que desconocemos. Se ha querido fantasear con que el propio Nietzsche pudo haber estudiado esta versión hasta el punto de escribir su propia copia que, de seguro, habría influido en la concepción de su teoría del Eterno Retorno. Nada más sabemos de esta copia bizantina de la Cronomaquia, excepto que alguien del mundo académico consiguió adquirirla tras la primera Guerra Mundial; ahí es donde se perdió la pista. El texto base que he volcado al español es el de un estudioso de la filología clásica porque, pese a estar en jonio, se encuentra repleto de anotaciones técnicas al margen en alemán, que coinciden con el estilo caligráfico, la tinta y el modo de escritura, presumiblemente una pulma, del poema. Este erudito, fuera o no Nietzsche, había substituido del ejemplar de Basilea el nombre original de la espada por Ereignis, que en alemán significa "acontecimiento" y que el filósofo Heidegger usó como término técnico para traducir la voz griega Kairós, "acaecimiento propicio". De estos datos finales sólo podemos hacer conjeturas y, con mucho, prestar oídos a los rumores que hablan de cierto deseo de Himmler por conseguir la espada del acaecer propicio, gracias a una poco creíble expedición de búsqueda, encabezada por Heidegger, a los hielos australes. Sea esto o no cierto, lo único que podemos saber acerca del auténtico nombre de la espada, aquel que para ella escribió el autor original, es mediante el estudio comparativo de las copias árabes y hebreas, las cuales la designan con una perífrasis, "la espina sin fin".