Lo eruditos de la antigüedad adscriben a Hesíodo la
Cronomaquia, un texto en dialecto jonio que narra la batalla entre Cronos, el
tiempo que va desde la vida a la muerte, el de la acción que acaba imperfecta y
no plena y Aión, el tiempo enloquecido que irrumpe sin medida como una
eternidad, que rompe el principio y el fin, que posibilita los ciclos de la
siembra y la recolección, de las mareas y las fases de la luna: la infinidad
entre el antes y el después que se propone como la medida del Tiempo.
Algunos
especialistas del romanticismo creían haber llegado a la conclusión de que esta
Cronomaquia podía haber sido una sección apócrifa de la misma Teogonía, escrita
por algún poeta posterior a Hesíodo que pretendía hacerse pasar por él para que
su texto pasara a los anales de la historia de la literatura. Otros estudiosos,
en mayor medida místicos exaltados, sostienen que la obra estaba ya grabada
en la hoja imposible de Ereignis, y que el texto que ha llegado hasta nosotros
no es más que la transcripción de un dios, o tal vez un hombre, que pudo
contemplar con sentido el darse incesante del arma y que, por ello, ya fuera
dios u hombre, terminó por enloquecer.
Sea ésta o
no la verdad, me he permitido volcar el original, escrito en una mezcla artificial de jonio y eólico tan propio del estilo de la época, a nuestro español
contemporáneo de una manera algo más accesible al lector medio y, tal vez por
ello, se haya hecho mi labor en exceso intempestiva. Intempestiva como es la
naturaleza de la espada y su historia:
"Dicen
que Ereignis perteneció al crónida Kairós; era ésta un arma terrible, de filo
infinitesimal y de longitud eterna. Quien la portaba desenvainada atravesaba
con su hoja la totalidad del universo entero. Blandirla suponía la amenaza de
la irrupción de un tiempo nuevo para la totalidad del ser; sólo cortar el aire
con ella traía esa promesa a la existencia. Atestiguan quienes la contemplaron
en el puño del crónida que la espada brotaba de él, acaecía siempre como luz en
estado naciente, como el comienzo aún no blanco de un destello.
Kairós fué
interpelado por su padre Cronos para que intercediera en la contienda con su
tío Aión. El mundo debía ser irrepetible para Cronos y el movimiento lanzarse
hacia estasis sin retorno: siempre otro, siempre adelante, siempre imperfecto,
truncar la vida por el desfallecer y la muerte, completar la acción por su
término; sin embargo, el Aión insistía en la permanencia de la acción que no
acaba, que siempre será de nuevo en un eterno retornar: el tiempo del dar
razones sobre algo, el momento de alcanzar el gobierno perfecto, la acción que
no acaba en su cumplimiento porque es un fin en sí misma: amar por amar, crear
por crear, pensar por pensar, nunca terminan.
Kairós
debería decidir entre un mundo regido por el tiempo del reloj, de la clepsidra,
de la producción de los vulgares humanos y sus asuntos terrenales o el tiempo
sin tiempo, eterno, de lo que es siempre presente, de lo que no es útil, de lo
que no sirve para nada, mediante el que no se realizan planes de futuro ni se
gestionan grandes empresas de reyes y sabios. El crónida juzgó que ambos por
separado eran imposibles; la dicotomía hacía invivibles las vidas de dioses y
mortales; no obstante sabía que la contienda acabaría con alguno de los dos
como triunfador.
Por esa
razón Kairós, como el dios del tiempo propicio que era, urdió un plan para
mantener el necesario antagonismo entre ambos hermanos. El vástago de Cronos
reunió algunos fragmentos fracturados por el tiempo, su padre, de la unidad del
Ser, de aquella época pretérita en la que su abuelo Urano y su madre Gea
copulaban sin cesar en una unión sin cambio ni medida. Aquellas lascas fueron
forjadas por Hefesto en la fragua del Sol para formar una espada sin
precedentes, que ningún dios o semidiós pudiera jamás haber portado. Una vez
fraguada se dejó enfriar en las profundidades del mar primordial Océano para,
más tarde, ser hundida en el negro corazón del Tártaro, tan lejano bajo el
Hades como sobre éste lo está el Cielo. Allí, al amparo de los titanes, las erinias
y los cíclopes, recibió la habilidad de albergar el alma robada de cualquier
dios, semidiós o mortal al que hiriese.
Fue por
Hermes, el de los pies ligeros, como el arma definitiva, siempre envainada,
pudo llegar a todos aquellos rincones extremos y regresar de ellos al cinto de
Kairós. Pero el crónida mayor, Zeus, al atestiguar tanto ajetreo entre dioses,
comenzó a sospechar sobre la creación de un arma terrible para derrocarlo, de
manera que liberó a uno de los hecatónquiros del bajo Tártaro, y le encomendó
la búsqueda y destrucción de la espada y su portador. De cien brazos y
cincuenta cabezas que miraban en todas las direcciones, el teratoforme Birareo
escudriñó todos los reinos de los hombres y los dioses hasta dar con el
incipiente brillo de la Ereignis, en esa ocasión tragicamente desenvainada.
Había sido el momento en el que Kairós,
el oportuno, había hendido la tres veces divina hoja en el corazón del dios
Aión para, así, transferirlo al interior del arma y dotarla de su poder. Una
vez aniquilado el dios del devenir loco, Kairós hubo de hacer frente al
monstruo y agitó una vez más la espada definitiva, de manera que fueron
cortadas la mitad de las cabezas y los brazos gigantescos del vástago de Urano.
Los miembros al caer crearon gran estruendo sobre el mar y formaron lo que hoy
es el archipiélago de las islas Cícladas. Al hacer uso de nuevo de la
hoja, matadora del tiempo sin tiempo, ya imbuida del aspecto de Aión, Kairós instauró una nueva medida del tiempo y abrió una nueva edad, la del hierro, en
la que los héroes ya no son posibles y los dioses se valen de los mortales,
caídos estos en la iniquidad y la desesperación, para sus propios propósitos y
abusos.
Pero el
hecantónquiro, pese a perder veinticinco cabezas y cincuenta brazos, aún no
estaba derrotado, de manera que asió con cincuenta manos el cuerpo del divino
crónida y le arrebató la espada para, acto seguido, clavarla desde la cabeza
hasta el ano e imbuirla de su aspecto deífico.
Poderoso se
sentía el monstruoso Birareo con su botín, tanto que se lo quiso hacer saber
con sangre a su patrón el crónida mayor, el cual ya había advertido el tránsito
hacia una nueva edad con temor. Supo del resultado de la batalla y de las
intenciones del medio hecatónquiro y, en un acto desesperado pero no obstante
meditado, desencadenó a su padre el titán Cronos, al que había engañado en
tiempos pretéritos para que dejara de devorar a sus hermanos dioses. Cronos, al
conocer la muerte de su hijo y su hermano a manos del también uránido Birareo,
se enfrentó a la criatura armada con el poder de la Ereignis; pero tan poderosa
era ya el arma que aquél también terminó habitando la hoja al ser herido y ésta
quedó tres veces impregnada del icor divino de tres aspectos del tiempo:
Cronos, Aión y Kairós.
Al haber
sido cimbreada de nuevo la Ereignis, el medio hecatónquiro abrió paso a una
nueva edad, en la que ya ni los dioses, ni los titanes; ni los monstruos ni los
héroes existían: la edad del Barro, en la que el hombre se había liberado de la
presencia de lo divino y lo sagrado en la vida cotidiana, y había terminado por
hacerse la ilusión de que él mismo era el dios que regía, en libertad, su
propio destino sin saber que, la hoja tres veces divina, no había acabado con
los Hados, cuyo poder había estado incluso por encima de dioses primordiales.
Los Hados, que rigen de modo velado la manera en la que el tiempo de hombres,
planetas y estrellas acaece; para unos cambiante, para los otros eterno en el
firmamento. Muchos buscan en nuestros días la espada para hacer brotar un tiempo
en el que lo sagrado regrese, pase a ocultarse en su donación y haga al hombre,
ahíto de hybris, volver propiciamente
de nuevo a ser con lo divino, tal era el plan del oportuno Kairós desde un
principio, uno que aún no ha acabado."
Así termina
la Cronomaquia, como final apropiado de los dioses y comienzo del mundo de
los mortales, pero con un profundo anhelo por el espacio de lo sagrado.
Advertirá el lector avezado que el estilo del texto difiere con mucho de la
Teogonía. No entraremos en materia de erudición, sólo insinuaré que podría tratase
de un fragmento final apócrifo, como he mostrado al principio; pero también
podría tratarse de un añadido del propio autor en época más tardía, en la que
el estilo y los intereses filosóficos hubieran tomado otro rumbo. Tampoco haré
referencias a las incongruencias del linaje de los dioses, que en la mitología
griega estándar proponen a Kairós como hijo de Zeus y nieto de Cronos; no como
en el texto que acabamos de leer, en el que Kairós aparece en tanto que hijo de
Cronos y hermano de Zeus. Pero lo más inquietante es el término usado para
nombrar a la espada "Ereignis" que, de ninguna manera pertenece a los
diferentes dialectos de la lengua griega del momento en que fue escrito; de hecho
el término es, tanto en su forma como en su sentido, muy probablemente alemán.
Podrán ustedes pensar que esto invalida el origen y la autoría de la obra de
manera categórica y que se trata de un texto contemporáneo que bien podría
haber escrito yo mismo. Si así fuera, créanme, no habría sido tan estúpido como
para hacer pasar la voz de una lengua contemporánea por la de un dialecto, el
jonio, de más de dos mil setecientos años. El origen del texto es incierto, algunos eruditos comentan que fue uno de aquellos que se salvaron de alguna de
las quemas de la biblioteca de Alejandría y que el mundo latino conservo
copiándolo para nobles y entusiastas de la época arcaica: más tarde sería traducido al
árabe clásico y al hebreo, copias estas que sobrevivieron hasta nuestro tiempo mejor
que las escritas en jonio-eólico, el dialecto que por imitiación a la obra de Homero se usaba en la epopeya. Se cree que a mediados del XIX en la universidad de
Basilea se encontraba un original bizantino al que sólo los catedráticos podían
tener acceso, por alguna extraña razón que desconocemos. Se ha querido
fantasear con que el propio Nietzsche pudo haber estudiado esta versión hasta el punto de escribir su propia copia que, de seguro, habría influido en la concepción
de su teoría del Eterno Retorno. Nada más sabemos de esta copia bizantina de la Cronomaquia, excepto que alguien del mundo académico consiguió adquirirla tras la primera Guerra Mundial; ahí es donde se perdió la pista. El texto base que he volcado al español es el de un
estudioso de la filología clásica porque, pese a estar en jonio, se encuentra
repleto de anotaciones técnicas al margen en alemán, que coinciden con el estilo caligráfico, la tinta y el modo de escritura, presumiblemente una pulma, del poema. Este erudito, fuera o no Nietzsche, había substituido del ejemplar de Basilea el nombre original de la espada por Ereignis, que en alemán significa
"acontecimiento" y que el filósofo Heidegger usó como término técnico para
traducir la voz griega Kairós, "acaecimiento propicio". De estos
datos finales sólo podemos hacer conjeturas y, con mucho, prestar oídos a los
rumores que hablan de cierto deseo de Himmler por conseguir la espada del
acaecer propicio, gracias a una poco creíble expedición
de búsqueda, encabezada por Heidegger, a los hielos australes. Sea esto o no
cierto, lo único que podemos saber acerca del auténtico nombre de la espada,
aquel que para ella escribió el autor original, es mediante el estudio comparativo de
las copias árabes y hebreas, las cuales la designan con una perífrasis,
"la espina sin fin".