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martes, 29 de noviembre de 2016

Angst



                                                     
     El cierzo venía gélido sobre los rostros de la madre y la niña, hacía ulular en múltiples tonalidades el robledal que las flanqueaba. Temblaba la niña más de miedo que de frío.
     - Vamos, cariño. El señor Swartz es un anciano muy agradable, se puso muy contento cuando le dije que querías quedarte unos días con él para tomar lecciones de piano. Ahora no puedes echarte atrás porque has prometido ir.
     La señora Lucía le hacía los recados en el pueblo al señor Swartz. Además, una vez en semana, le limpiaba la casa; excepto el sótano.
     El camino desde la aldea hasta la casona del señor Swartz atravesaba un denso robledal del que se contaban muchas historias. La señora Lucía vivía junto a su hija Mar, en la casa más apartada de la aldea, y más cercana al robledal; la niña solía jugar en sus cercanías, pero nunca se había atrevido a penetrar mucho en él.
     Al fin dejaron atrás el robledal, comenzaron a ver de lejos la casona. No era del estilo de la región.
     - El señor Swartz se hizo construir la casa cuando vino de Alemania, con la madera del bosque –comentó la madre-.
     Se alzaba sobre una colina, la componían dos pisos y las buhardillas rematadas en tejados a dos aguas de ángulos muy cerrados.
     El señor Swartz las recibió en los soportales, las había visto venir de lejos. Las saludó con amabilidad y las hizo pasar al salón.
     Crujían las tablas de madera al pisar sobre la alfombra; la chimenea en el salón era el único elemento de piedra de toda la casa, propiciaba un ambiente cálido. Fotografías antiguas sobre los muebles de caoba: familiares; él más joven junto a algunos niños, amigos, compañeros músicos, él como concertista; gente de uniforme, él con uniforme militar sonreía, parecían tener mucha complicidad entre ellos.
     - Y aquí lo tenemos –señaló orgulloso el señor Swartz con ligero acento alemán-, la joya de la casa. Un piano de finales del siglo XVIII, de los primeros que se construyeron de la casa Bechstein. Su timbre es más sutil que el del piano romántico actual. Las primeras composiciones para piano sólo alcanzan su plenitud interpretativa en instrumentos primitivos como éste.
    - ¡Qué cosas conoce sobre música el señor Swartz! –se dirigió con tono alegre la madre a la niña-. Te va enseñar maravillas que ni en la ciudad podrías aprender.
     Los enormes ojos castaños de la niña miraron con timidez al señor Swartz.
     -¡Vamos, pequeña! –animó a la cría el señor Swartz-, no seas vergonzosa. Ya verás que enseguida nos tendremos confianza y nos haremos grandes amigos.
     El señor Swartz se dirigió hacia una bandeja sobre la chimenea repleta de golosinas y le ofreció una a Mar. La niña la cogió algo desconfiada; el anciano acarició su pelo cuando se metió el dulce en la boca.
     La señora Lucía se despidió de Mar –que masticaba con aire ausente otro dulce- y del Señor Swartz.
     El músico ofreció a la niña un taburete para que se sentara junto a él. Comenzó la ejecución de una obra sencilla, unos preludios de Bach, con la intención de que la chica pudiese comprender, de un modo intuitivo, la creatividad del compositor.
     -Mira ¿ves? Esta escala está en una tonalidad menor, por eso nos suena tan triste. Admira la sutileza del siguiente cambio; es solo de un semitono, y sin embargo modifica el color de la melodía por completo.
     Las teclas contrapesadas del viejo Bechstein golpeaban con rudeza al regresar a su posición tras ser pulsadas. El sonido desquiciaba a la niña, casi igualaba el timbre del piano, ya que había sido ensordecido por el pedal de sordina.
     -¡Mira, ven! –le espetó-. Ya que estás ahí harás las notas más graves de la siguiente escala. Eso es, al principio cuesta, están duras las teclas –la cría ralentizaba el compás-. Venga, yo te ayudo-. Posó su huesuda mano sobre la de la niña, repasó los movimientos de los deditos infantiles como una móvil y terca araña.
     Mar despertó húmeda, incómoda por el sudor frío; sangre coagulada salpicaba sus piernas, le  dolía el vientre, que cubría con sus manitas.
     Comenzó a llorar, no podía dejar de pensar. Algo oscuro la asustó, estaba junto a ella, no lo había notado antes. Gritó, aterradísima, se apartó bruscamente de ello. Comenzó a sangrar de nuevo tumbada junto a una esquina. Salió a los tenues rayos de luz que permitían los intersticios de la trampilla. Era pequeño, como ella. El rostro cubierto de suciedad, churretones de lágrimas y polvo; acuosos ojos grandes pedían comprensión.
     -No llores más, por favor, no puedo aguantarlo. Te ha hecho daño a ti también ¿no?
     Mar balbució, los moquillos anegaban sus fosas nasales, irritaban su naricilla, los apartó con un movimiento brusco del antebrazo.
     El chico intentó acercarse. Ella al fin cedió
     -Ha habido otros antes que yo –rectificó-, que tú y yo –comenzó a llorar y señaló a la oscuridad-: están enterrados en ese rincón. Menos mal que has llegado tú, no quiero morir solo.
     El chico se agarró a la blusa de Mar fuertemente, le hizo daño. Ella forcejeó con él, lo arañó, le mordió los dedos; no había manera de apartarlo.
     Entonces sonó en toda la casa, como una lluvia de cristal, como un color rompiéndose en inconcebibles tonalidades, como cierzo que ulula a través de las puertas del infierno. Terrible, arcano, trágico, descarnado.
     El viejo piano ya no estaba trabado por la sordina. Sonaba como cualquier otro instrumento de su clase, pero soportaba una melodía que no parecía compuesta por alguien cuerdo, ni si quiera tal vez humano; tampoco parecía una pieza para ser escuchada. Abría algo dentro de los niños, algo que los conectaba a un abismo primordial, más antiguo que cualquier otra cosa, que cualquier otro tiempo, porque siempre estuvo ahí y ahora que se les mostraba en toda su presencia, les imbuía la angustia de sentirse extraordinariamente ínfimos, impotentes, mínimos; entes ante una nada sobreabundante.
     La melodía cesó y los niños comenzaron a salir del vértigo. El viejo músico carcajeaba; gritó entre risotadas. Algo habló, como un coro de muchas voces lánguidas, ininteligibles.
     El rosal de la señora Lucía se marchitó, los chotacabras habían bajado del monte y graznaban desesperados, la luna amenazaba con caer sobre el bosque.
      Lucía, la madre de Mar, despertó bruscamente; sintió dolor en sus entrañas. Escudriñó la ventana como si esperase ver algo. Los robles la inquietaban, no estaban lo suficientemente lejos de la casona. Y a los chotacabras no podía soportarlos más.
     Le oyó entrar, parecía arrastrar herrumbre. Comenzó a subir peldaños, la madera agrietada crujía cada vez más cerca. El pánico silenció a la señora Lucía, se escondió sigilosa bajo la cama.
     Apareció en el dormitorio, siseante, parecía acompañado de una decena de sierpes, pero estaba solo. Permaneció muy quieto, cercano al umbral. Olisqueaba y jadeaba en múltiples tonos.
     La señora Lucía se orinó al ver aquello mirarla bajo la cama. La herrumbre la atrapó y envolvió.
     - Al señor Swartz le gustaba traerse niños a casa –comentó el chico-. Pero él ha estado ayudándolo siempre. El ángel negro me trajo aquí; vino una noche de viento, ocultó las estrellas y la luna sobre mi habitación, me sacó por la ventana y atravesamos el robledal. Antes de eso sabíamos que otros niños habían desaparecido en la comarca. En otras épocas también había sido así, ocurría por temporadas. A la hermana pequeña de mi madre se la llevó el ángel negro. Todos los niños hemos sido asustados con historias sobre él.
     La niña ya no podía estremecerse más. –¿Y cómo es? -inquirió-.
     - No lo sé muy bien, es como un mal sueño que no termina de definirse.
     Pasos sobre el suelo, junto a la trampilla. Abrió el candado y apartó las cadenas. El rostro del señor Swartz apareció sobre los niños. –Venid –apremió-, quiero enseñaros algo.
     A Mar se le crisparon las manos sobre el vientre.
     Los condujo al salón del piano y los desnudó amenazándolos con una fusta. Los tocó y los besó con una mezcla de furia y lujuria. Los niños se abrazaron, los rostros escondidos uno sobre el del otro para intentar evadir al viejo.
     Descendió suavemente sobre el balcón, se mostró en el salón ante todos. Los niños contemplaron un horror bíblico; el viejo pianista se irguió para hablarle:
- ¿Has cumplido tu cometido?
La herrumbre dejó caer el cuerpo de la señora Lucía.
- Aquí no, engendro sin mente, debiste haberla arrojado al lago.
     El ángel pasó sobre el cadáver y junto a los niños, en dirección al pianista.
     El señor Swartz corrió al piano y comenzó a interpretar la horrible pieza.
     El ángel paró y giró sobre sí mismo, una y otra vez, mientras la herrumbre se extendía a su alrededor.
     Mar miró el cuerpo de su madre y no sintió nada, miró al ángel y no le importó, oyó la risa alocada del señor Swartz, revisó los moretones de sus brazos y piernas y tampoco se inmutó.
     El chico hacía tiempo ya que había sido superado por el horror. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas y las manos sobre el rostro, silencioso, tal vez ensimismado con el abismo interior.
     El señor Swartz miró divertido a la niña, le sorprendió su actitud, su rostro relajado, carente de sentimiento alguno.
     - Te contaré un secreto, mi niña –intervino el pianista-. Esta forma de componer me la enseñó un músico judío versado en los secretos de la cábala ¿Sabes qué es la cábala? ¿no? –el rostro de la niña permaneció inexpresivo-. Da igual, lo que te importa es saber que los intervalos musicales corresponden siempre a determinadas cifras, y en los números, pequeña, se esconden los secretos del mundo. Tal vez hasta al nombre de Dios, que lo cifra todo, le sea relativo un guarismo.
     El ángel se mantenía dando vueltas entre la niña y el pianista. Su voz plural susurraba tratando de seguir la melodía.
- Él –dirigió la cabeza hacia el ángel- es una de las maravillas escondidas tras el número. Un retazo de ese abismo que es el fundamento de las cosas. Surgió de la distancia insalvable entre las cifras; de las corrientes subterráneas que agitan el conjunto de los números irracionales. Es un ser de la angustia, del miedo informe que siempre nos acompaña como especie. Maupassant lo llamó el Horla, Nietzsche el Abismo, y Heidegger el Fundamento. Pero todos se referían a lo mismo: Terror a lo indisponible.
    La niña continuaba inexpresiva; el ángel giraba sobre sí mismo.
     - Él –continuó- puede adoptar la forma de cualquiera de nuestros miedos. Mi maestro judío lo contempló así antes de morir.
     Moduló la composición en intervalos de tercera bemol y el ángel tomó la forma, ya definida, de un macabro oficial de las S.S. que respiraba dificultosamente mediante una máscara de gas.
     - Mi madre me atormentó noches enteras de tal manera que ya no sé si la recuerdo como a una mera invención.
     Volvió a modificar la escala en una cadencia de tono-semitono. El oficial se revolvió sobre sí mismo para emerger como una mujer súcubo de terrible belleza, coronada por un crepitante halo negro, que gemía en coral de lamentos y lloraba lágrimas de alquitrán.
     - ¡Baila! ¡baila! Mi hermosa pesadilla.
     Swartz transformó el ritmo de la pieza en el de un vals. La mujer diablesca plasmó el compás ternario en movimientos dramáticos y pesarosos.
     Swartz se levantó del taburete para tomar la mano del ángel negro, mientras con la otra continuaba manteniendo el ritmo de la música.
     Mar volvió a mirar el cadáver de su madre, casi no lo podía reconocer, estaba destrozado. Sintió algo nuevo, intenso, profundo, severo; algo que un niño aún no debería experimentar: odio, asco, repulsión, hasta morir.
     Tomó la fusta con la que había sido golpeada y violada, corrió hacia el ensimismado músico y la descargó sobre la mano que tocaba. El golpe produjo un sonido cacofónico en el piano; el señor Swartz se llevó la mano magullada a la otra instintivamente. Todo el espectáculo terminó en ese momento. El ángel fluctuó en múltiples formas mientras se alzaba amenazador contra Swartz. Retorció la mano que antes le ofreciera para bailar, desplegó la herrumbre de sus alas sobre él; lo constriñó, perforó, redujo. Se elevó con él hasta el techo del salón y lo dejó caer sobre el piano, que se astilló en un estruendo de cuerdas, madera y marfil.
     Mar lo contempló todo con una sonrisa cruel, encendida de satisfacción, mientras apretaba la fusta hasta dejarse blancos los nudillos.
     Miró al ángel negro, casi agradecida. Él le devolvió la mirada desde lo alto.
     Desapareció junto a una ráfaga del frío cierzo, en dirección al robledal.

domingo, 10 de abril de 2016

Metatrono



La cinta era de cromo, de esas con las que hemos escuchado música toda la vida; la encontré en un baratillo de domingo y pagué por ella un euro. Venía sin cubierta ni carátula, sólo podía adivinar su contenido por la etiqueta: "Metatrono". Intrigado llegué a casa y la puse en la pletina del viejo equipo de mi padre. Tardé unos minutos en apretar el botón de "play".
Una espantosa semántica colapsó en mi ser y abrió en mí un umbral hacia espacios metafísicos, en los que pude contemplar el trono vació de Dios, gargantuesco e imposible; sobre él había ángeles que lloraban, sonreían ebrios y copulaban por  la ausencia del creador.  Entonces supe que el Trono siempre había estado vacío, y la potencia de la voz que me atormentaba era muestra de un poder que me odiaba, a mí y a todo lo divino y humano. Comprendí que si había un ente supremo, estaba loco o era radicalmente ajeno a la humanidad. Ensimismado, encerrado en su puro acto de ser, nada tenía que ver con los azares de la miserable humanidad.
La voz “Metatrono” cesó, la pletina se detuvo súbita y el gato maulló, sibilino, cruel y profundamente enigmático…

Pantóvoro.



Sobre el cielo un sudario de muerte, la Tierra estaba condenada. Aquello había venido desde la pura abstracción y se había hecho materia, muy cabreada y hambrienta, al conocer que había algo más que su mismidad. A los primeros en venir antes de Él, el misticismo judío los llama “sephirots” y la filosofía árabe los describe como una procesión de inteligencias, emanaciones sutiles movidas las unas por las otras en una relación de atracción que culmina en Dios. Son éstos ángeles, pensamientos puros que, en la consciencia de sí, hacen inteligible el mundo.
Primero cayeron los grados inferiores, uno a uno, sobre el mar y los bosques del Japón y tanto la geometría como la aritmética ya no nos fueron nunca más comprensibles. Para cuando la última Esfera, la del Trono, se había cernido sobre el Sistema Solar, el ser humano ya había dejado por completo de conceptuar, perdido en la infinitud del múltiple darse del fenómeno; sin conceptos empíricos, sin categorías, sin la acción del intelecto que limita y actualiza en formas la materia, el pensamiento se había hecho indistinto del Mundo entero. Dios era ya sólo un vacío imposible, un puro acto de desear engullirlo todo, un pantóvoro.

domingo, 1 de febrero de 2015

La espina sin fin, una fantasía mítico-filosófica sobre el tiempo y el destiempo.


        

Lo eruditos de la antigüedad adscriben a Hesíodo la Cronomaquia, un texto en dialecto jonio que narra la batalla entre Cronos, el tiempo que va desde la vida a la muerte, el de la acción que acaba imperfecta y no plena y Aión, el tiempo enloquecido que irrumpe sin medida como una eternidad, que rompe el principio y el fin, que posibilita los ciclos de la siembra y la recolección, de las mareas y las fases de la luna: la infinidad entre el antes y el después que se propone como la medida del Tiempo.   

           Algunos especialistas del romanticismo creían haber llegado a la conclusión de que esta Cronomaquia podía haber sido una sección apócrifa de la misma Teogonía, escrita por algún poeta posterior a Hesíodo que pretendía hacerse pasar por él para que su texto pasara a los anales de la historia de la literatura. Otros estudiosos, en mayor medida místicos exaltados, sostienen que la obra estaba ya grabada en la hoja imposible de Ereignis, y que el texto que ha llegado hasta nosotros no es más que la transcripción de un dios, o tal vez un hombre, que pudo contemplar con sentido el darse incesante del arma y que, por ello, ya fuera dios u hombre, terminó por enloquecer.

          Sea ésta o no la verdad, me he permitido volcar el original, escrito en una mezcla artificial de jonio y eólico tan propio del estilo de la época, a nuestro español contemporáneo de una manera algo más accesible al lector medio y, tal vez por ello, se haya hecho mi labor en exceso intempestiva. Intempestiva como es la naturaleza de la espada y su historia:

          "Dicen que Ereignis perteneció al crónida Kairós; era ésta un arma terrible, de filo infinitesimal y de longitud eterna. Quien la portaba desenvainada atravesaba con su hoja la totalidad del universo entero. Blandirla suponía la amenaza de la irrupción de un tiempo nuevo para la totalidad del ser; sólo cortar el aire con ella traía esa promesa a la existencia. Atestiguan quienes la contemplaron en el puño del crónida que la espada brotaba de él, acaecía siempre como luz en estado naciente, como el comienzo aún no blanco de un destello.

           Kairós fué interpelado por su padre Cronos para que intercediera en la contienda con su tío Aión. El mundo debía ser irrepetible para Cronos y el movimiento lanzarse hacia estasis sin retorno: siempre otro, siempre adelante, siempre imperfecto, truncar la vida por el desfallecer y la muerte, completar la acción por su término; sin embargo, el Aión insistía en la permanencia de la acción que no acaba, que siempre será de nuevo en un eterno retornar: el tiempo del dar razones sobre algo, el momento de alcanzar el gobierno perfecto, la acción que no acaba en su cumplimiento porque es un fin en sí misma: amar por amar, crear por crear, pensar por pensar, nunca terminan.

          Kairós debería decidir entre un mundo regido por el tiempo del reloj, de la clepsidra, de la producción de los vulgares humanos y sus asuntos terrenales o el tiempo sin tiempo, eterno, de lo que es siempre presente, de lo que no es útil, de lo que no sirve para nada, mediante el que no se realizan planes de futuro ni se gestionan grandes empresas de reyes y sabios. El crónida juzgó que ambos por separado eran imposibles; la dicotomía hacía invivibles las vidas de dioses y mortales; no obstante sabía que la contienda acabaría con alguno de los dos como triunfador.

          Por esa razón Kairós, como el dios del tiempo propicio que era, urdió un plan para mantener el necesario antagonismo entre ambos hermanos. El vástago de Cronos reunió algunos fragmentos fracturados por el tiempo, su padre, de la unidad del Ser, de aquella época pretérita en la que su abuelo Urano y su madre Gea copulaban sin cesar en una unión sin cambio ni medida. Aquellas lascas fueron forjadas por Hefesto en la fragua del Sol para formar una espada sin precedentes, que ningún dios o semidiós pudiera jamás haber portado. Una vez fraguada se dejó enfriar en las profundidades del mar primordial Océano para, más tarde, ser hundida en el negro corazón del Tártaro, tan lejano bajo el Hades como sobre éste lo está el Cielo. Allí, al amparo de los titanes, las erinias y los cíclopes, recibió la habilidad de albergar el alma robada de cualquier dios, semidiós o mortal al que hiriese.

          Fue por Hermes, el de los pies ligeros, como el arma definitiva, siempre envainada, pudo llegar a todos aquellos rincones extremos y regresar de ellos al cinto de Kairós. Pero el crónida mayor, Zeus, al atestiguar tanto ajetreo entre dioses, comenzó a sospechar sobre la creación de un arma terrible para derrocarlo, de manera que liberó a uno de los hecatónquiros del bajo Tártaro, y le encomendó la búsqueda y destrucción de la espada y su portador. De cien brazos y cincuenta cabezas que miraban en todas las direcciones, el teratoforme Birareo escudriñó todos los reinos de los hombres y los dioses hasta dar con el incipiente brillo de la Ereignis, en esa ocasión tragicamente desenvainada.

          Había sido el momento en el que Kairós, el oportuno, había hendido la tres veces divina hoja en el corazón del dios Aión para, así, transferirlo al interior del arma y dotarla de su poder. Una vez aniquilado el dios del devenir loco, Kairós hubo de hacer frente al monstruo y agitó una vez más la espada definitiva, de manera que fueron cortadas la mitad de las cabezas y los brazos gigantescos del vástago de Urano. Los miembros al caer crearon gran estruendo sobre el mar y formaron lo que hoy es el archipiélago de las islas Cícladas. Al hacer uso de nuevo de la hoja, matadora del tiempo sin tiempo, ya imbuida del aspecto de Aión, Kairós instauró una nueva medida del tiempo y abrió una nueva edad, la del hierro, en la que los héroes ya no son posibles y los dioses se valen de los mortales, caídos estos en la iniquidad y la desesperación, para sus propios propósitos y abusos.

          Pero el hecantónquiro, pese a perder veinticinco cabezas y cincuenta brazos, aún no estaba derrotado, de manera que asió con cincuenta manos el cuerpo del divino crónida y le arrebató la espada para, acto seguido, clavarla desde la cabeza hasta el ano e imbuirla de su aspecto deífico.

          Poderoso se sentía el monstruoso Birareo con su botín, tanto que se lo quiso hacer saber con sangre a su patrón el crónida mayor, el cual ya había advertido el tránsito hacia una nueva edad con temor. Supo del resultado de la batalla y de las intenciones del medio hecatónquiro y, en un acto desesperado pero no obstante meditado, desencadenó a su padre el titán Cronos, al que había engañado en tiempos pretéritos para que dejara de devorar a sus hermanos dioses. Cronos, al conocer la muerte de su hijo y su hermano a manos del también uránido Birareo, se enfrentó a la criatura armada con el poder de la Ereignis; pero tan poderosa era ya el arma que aquél también terminó habitando la hoja al ser herido y ésta quedó tres veces impregnada del icor divino de tres aspectos del tiempo: Cronos, Aión y Kairós.

          Al haber sido cimbreada de nuevo la Ereignis, el medio hecatónquiro abrió paso a una nueva edad, en la que ya ni los dioses, ni los titanes; ni los monstruos ni los héroes existían: la edad del Barro, en la que el hombre se había liberado de la presencia de lo divino y lo sagrado en la vida cotidiana, y había terminado por hacerse la ilusión de que él mismo era el dios que regía, en libertad, su propio destino sin saber que, la hoja tres veces divina, no había acabado con los Hados, cuyo poder había estado incluso por encima de dioses primordiales. Los Hados, que rigen de modo velado la manera en la que el tiempo de hombres, planetas y estrellas acaece; para unos cambiante, para los otros eterno en el firmamento. Muchos buscan en nuestros días la espada para hacer brotar un tiempo en el que lo sagrado regrese, pase a ocultarse en su donación y haga al hombre, ahíto de hybris, volver propiciamente de nuevo a ser con lo divino, tal era el plan del oportuno Kairós desde un principio, uno que aún no ha acabado."



          Así termina la Cronomaquia, como final apropiado de los dioses y comienzo del mundo de los mortales, pero con un profundo anhelo por el espacio de lo sagrado. Advertirá el lector avezado que el estilo del texto difiere con mucho de la Teogonía. No entraremos en materia de erudición, sólo insinuaré que podría tratase de un fragmento final apócrifo, como he mostrado al principio; pero también podría tratarse de un añadido del propio autor en época más tardía, en la que el estilo y los intereses filosóficos hubieran tomado otro rumbo. Tampoco haré referencias a las incongruencias del linaje de los dioses, que en la mitología griega estándar proponen a Kairós como hijo de Zeus y nieto de Cronos; no como en el texto que acabamos de leer, en el que Kairós aparece en tanto que hijo de Cronos y hermano de Zeus. Pero lo más inquietante es el término usado para nombrar a la espada "Ereignis" que, de ninguna manera pertenece a los diferentes dialectos de la lengua griega del momento en que fue escrito; de hecho el término es, tanto en su forma como en su sentido, muy probablemente alemán. Podrán ustedes pensar que esto invalida el origen y la autoría de la obra de manera categórica y que se trata de un texto contemporáneo que bien podría haber escrito yo mismo. Si así fuera, créanme, no habría sido tan estúpido como para hacer pasar la voz de una lengua contemporánea por la de un dialecto, el jonio, de más de dos mil setecientos años. El origen del texto es incierto, algunos eruditos comentan que fue uno de aquellos que se salvaron de alguna de las quemas de la biblioteca de Alejandría y que el mundo latino conservo copiándolo para nobles y entusiastas de la época arcaica: más tarde sería traducido al árabe clásico y al hebreo, copias estas que sobrevivieron hasta nuestro tiempo mejor que las escritas en jonio-eólico, el dialecto que por imitiación a la obra de Homero se usaba en la epopeya. Se cree que a mediados del XIX en la universidad de Basilea se encontraba un original bizantino al que sólo los catedráticos podían tener acceso, por alguna extraña razón que desconocemos. Se ha querido fantasear con que el propio Nietzsche pudo haber estudiado esta versión hasta el punto de escribir su propia copia que, de seguro, habría influido en la concepción de su teoría del Eterno Retorno. Nada más sabemos de esta copia bizantina de la Cronomaquia, excepto que alguien del mundo académico consiguió adquirirla tras la primera Guerra Mundial; ahí es donde se perdió la pista. El texto base que he volcado al español es el de un estudioso de la filología clásica porque, pese a estar en jonio, se encuentra repleto de anotaciones técnicas al margen en alemán, que coinciden con el estilo caligráfico, la tinta y el modo de escritura, presumiblemente una pulma, del poema. Este erudito, fuera o no Nietzsche, había substituido del ejemplar de Basilea el nombre original de la espada por Ereignis, que en alemán significa "acontecimiento" y que el filósofo Heidegger usó como término técnico para traducir la voz griega Kairós, "acaecimiento propicio". De estos datos finales sólo podemos hacer conjeturas y, con mucho, prestar oídos a los rumores que hablan de cierto deseo de Himmler por conseguir la espada del acaecer propicio, gracias a una poco creíble expedición de búsqueda, encabezada por Heidegger, a los hielos australes. Sea esto o no cierto, lo único que podemos saber acerca del auténtico nombre de la espada, aquel que para ella escribió el autor original, es mediante el estudio comparativo de las copias árabes y hebreas, las cuales la designan con una perífrasis, "la espina sin fin".